Hexagonem Poema

Viejo libro

I.-Curiosidad.

Hace mucho que no contaba esto, no por miedo al qué dirán, sino al miedo de lo que viene después de recordarlo, se acumulan los demonios enfrente de mis narices y me abofetean con los más terribles insultos a mi alma, me amenazan con machucar mis carnes entre hierros y dejarme desollado en los infiernos.

Pero requiero sacar esto de mi cabeza, antes de que se apodere de mí de nuevo la sed de lo innombrable.

La calle de Cantabria en el barrio de la Angostura casi siempre tenía tres faroles encendidos frente a la casa de del Padre Ferro, viejo sacerdote Italiano que llego refugiado tras su persecución en Nápoles, acusado de agraviar contra la iglesia y la divinidad de la casa de dios, mandó poner los faroles apenas había llegado a la ciudad pues la oscuridad de la calle Cantabria era demasiado lúgubre para su gusto y sus hábitos.

Todos los días pasaba por ahí en camino a la oficina postal, donde me encargaba de clasificar las cartas que debían entregarse cada día y entregar el paquete completo a los carteros, a esas horas, quince antes de las seis de la mañana el sol no salía del todo aún, se dejaba ver entre los cerros que rodean al pueblo, bañando de una luz roja los tejados de las casas de las faldas de los montes pero sin llegar a tocar las calles centrales, donde la Angostura se sumía en la más negra de las oscuridades en todo el pueblo, pero al llegar a la esquina de esa cuadra, el sol salía de repente y me cegaba por unos segundos, los faroles se apagaban y la gente comenzaba a salir de sus casas para iniciar su día.

En una de esas mañanas aburridas en la que la correspondencia no era tan abundante, llegó a mis manos un paquete envuelto en papel grueso, amarrado con listones morados y con el sello de la arquidiócesis del estado, un sello de “urgente” junto al amarre y una nota que decía que no debía ser abierto por quien no fuera el destinatario, so pena de sufrir la persecución de la inquisición y sus consecuencias fatales que ya se conocen.

Esa nota me llenó de curiosidad, me temblaban las manos por abrir el paquete, los carteros ya habían salido a trabajar y yo me había quedado con él, pero no me atrevía a abrirlo, me había criado con un miedo terrible a la iglesia y a sus representantes, dos de mis tíos abuelos fueron quemados en la hoguera por herejes, aún cuando todo el mundo sabía que ellos sólo se dedicaban a la herrería los echaron al tribunal y los juzgaron por haber fabricado lo que parecía una cruz invertida, siendo que lo que realmente salió de la fragua eran pedazos al azar de hierro que se fue acumulando por el uso del horno.

Esa tarde me fui a casa con el paquete debajo del abrigo, a cada paso que daba sentía que alguien me seguía, al pasar frente a la casa del padre Ferro tuve la sensación que una multitud caminaba detrás mío con miradas acusadoras y palos encendidos para mi tortura y mi procesión en la hoguera, corrí con todas mis fuerzas hasta llegar a mi puerta, que cerré detrás de mí con llave en la chapa y candado en cadena.

Paée media noche mirando el paquete, a la luz del quinqué el sello de la arquidiócesis parecía moverse haciendo figuras de ojos y labios sonrientes, el viento que entraba por las fisuras de la ventana movía la flama de las velas del candelabro del escritorio y me hacía ver formas en las paredes, me llené de miedo, no pude abrir el paquete con los ojos abiertos, así que con un abrecartas y cerrando los ojos me dispuse a descubrir el objeto maldito que me robaba la calma, de un tirón saque el listón púrpura y corté el papel dejando ver una pasta dura forrada en terciopelo, cerrado con un pequeño candado que no batallé para abrir con el abrecartas, le dí un par de hojeadas y me encontré con un separador casi a la mitad del libro, en la página que se hallaba estaba un titulo o capítulo del libro que decía: “Subiiciens Spiritus Infernalis”, el único acercamiento que había tenido con el Latín había sido en las misas que se oficiaban en esa lengua, así que cerré el libro con cierta decepción por no poder leerlo, pero al irlo cerrando hubo una nota en la pagina que volvió a llamar mi atención escrita en Castellano:

“Nunca deje salir al hombre o bestia que lea este tratado, pues el poder de la oscuridad está en su cuerpo pudiendo así desatar la más cruel de las muertes jamás vista por la humanidad, Ferro debe ser encontrado y morir en el empalamiento”…

Arranqué dos o tres hojas del libro desde donde se encontraba esa nota hasta donde deduje que terminaba el capitulo y lo lleve a la mañana siguiente con mi maestro de literatura a que me tradujera del latín al castellano.

Esa noche no dormí, sé que descanse, pero no pude pegar los ojos.

II.- Cantares de la Niebla.

El profesor Norzagaray impartía la clase de literatura en la escuela que el mismo había fundado en el pueblo para los jóvenes que se interesaran en el arte de unir palabras y hacer historias según decía él mismo, a falta de universidades cercanas, los jóvenes se juntaban en la escuela del profesor para al menos tener algo que hacer en sus ratos de ocio, era un pueblo pequeño donde su activo económico eran la cantera, así que los más afortunados eran hijos de los artesanos que trabajaban la piedra y ganaban bien gracias a las compras de la iglesia que acudía a ellos de todas partes del estado, dejando así una derrama económica más o menos buena en el pueblo.

Llegué a su escuela una hora antes de que abriera las puertas, toqué con timidez, casi para evitar que alguien me oyese, me abrió la puerta con gusto y me acerco una silla en el patio central de la casona, me ofreció café y me extendió la mano para que le diera las hojas arrancadas del libro, trajo la talega y los cubos de azúcar, después de varios sorbos se quedó leyendo las hojas detenidamente, sus muecas eran más de fascinación que de miedo, claro que no podría esperar menos de un devorador de libros antiguos como él.

-Parece un texto no muy antiguo, por el tipo de escritura y la frescura de la tinta, te podría decir que esto se escribió no hace más de cinco años Julián, lo que si te puedo asegurar  es que esta parte del libro no es lo más alarmante, sino la pasión con la que se escribió, sólo en los dos primeros renglones detalla un maleficio que cae sobre quien lee las líneas de los aquí llamados Cantares de la bruma, que se supone que detalla que no es en la oscuridad total donde los espíritus malignos se suspenden en este plano, sino en la niebla, “…pues es ahí, donde los ojos no pueden ver, donde se esconden los espíritus que corrompen el alma y llenan de temor al espíritu alguna vez en paz con Dios…” , pero no dice nada de cómo evitarlos, sería interesante meternos a estudiar el contenido del libro completo, si es que existe…

-Sí existe profesor, yo lo tengo en mi casa, pero no lo cargo conmigo por el hecho que es un libro que era destinado al padre Ferro, lo robé de su correspondencia, no me atrevo a entregárselo, menos ahora que le arranqué esas hojas.

-Pues si no lo puedes sacar de tu casa, déjame ir ahí para verlo, tal vez interpretarlo, si es tan nuevo no creo que sea de ciencias ocultas o esas patrañas que la iglesia oculta con tantos celos, fíjate en el titulo de esta página, Subiiciens Spiritus Infernalis” o Sometimiento de Espíritus Infernales, por eso te digo que necesito verlo más a fondo, aquí solo viene un poema que hace alusión a lo que te digo, a la presencia de estos espíritus en la bruma.

-Venga mañana a mi casa, a las 6 de la tarde ya estaré ahí.

Salí de la casona y me dirigí a mi trabajo, con la misma sensación de la multitud detrás mío, estuve intranquilo todo el día, las cartas creo que se mandaron mal en las rutas de reparto y regresaron la mayoría, mis manos no paraban de temblar, estaba seguro que nada bueno podría salir de aquel estudio del libro, pero tampoco podía resistirme, un morbo enorme inundaba mis ansias y lo único que quería era saber que decían aquellas letras.

III.- Rumores del ocaso.

Tan pronto el profesor empezó con la traducción del libro, aumentó mi paranoia, sentía que alguien me cuidaba todo el tiempo, no podía estar quieto ni un segundo, mi boca se secaba y tenía que tomar agua cada vez con más frecuencia, a las seis y media de la tarde el sol apenas comenzaba a ponerse, me asomé por la ventana hacia la calle que daba a los cerros a unas veinte cuadras, cuando el sol dejaba ver su últimos rayos sentí un vientecillo en mi oreja y una voz muy suave que murmuraba “mortuus in anima”, cerré los ojos y caí de espaldas, completamente consciente, trataba de mover las manos inútilmente, pues había algo que detenía mis brazos en cruz, mis piernas abiertas y  mi cabeza echada hacia atrás, tenía la sensación de levitar la cual confirme al abrir los ojos, veía al profesor absorto en la lectura, no se daba cuenta de mi estado pues las letras de ese libro le llenaban los ojos y la mente de una pasión jamás sentida, era la primera vez que traducía un libro maldito tan reciente, intentaba gritarle pero no podía articular una sola palabra, el aire me faltaba y comencé a toser, de pronto levante la cabeza y vi que no me había movido de la ventana, tal vez, pensé, habría sido mi imaginación que me había llevado a un estado de trance tan fuerte que tuve alucinaciones.

El profesor dió por terminado su trabajo, con una emoción que no le cabía en el pecho, sus ojos rojos por el cansancio de la lectura que le hizo trasnochar le lloraban, no sabría decir si de emoción o de dolor, me extendió los papeles donde escribió las frases más sobresalientes del libro, me pidió un vaso de vino que le serví inmediatamente, teníamos hambre y necesitábamos descansar, yo le acompañe toda la noche acercándole una talega de café y llenando su pipa de tabaco, en medio de humo y el desvelo nos dispusimos a dormir unas horas, al menos hasta que el cuerpo nos pidiese levantarnos.

Aunque el cansancio era bastante, no podía pegar los ojos pensando en el susurro que todavía resonaba en mi mente “mortuus in anima”, no le comenté nada al profesor, no quería entorpecer su trabajo.

Al levantarnos casi a mediodía, me estuvo comentando que el libro, llamado Poema del Maleficio, detallaba la forma de entrar a uno de los rincones del infierno y regresar con el poder de dominar a los demonios que se esconden en la bruma, pero que también advierte de la persecución que sufriría el individuo durante toda su vida por los seres que se hallan en el ocaso, pues en el momento preciso en que el sol está terminando de ponerse hay emisarios de las sombras que anuncian el horror de las consecuencias por haber robado tal poder, no pueden acercarse a la persona, solo le susurran al oído que su alma estaría perdida en medio de la sombra y la pena, sin embargo, esto podría revertirse con unas invocaciones que no estaban detalladas en el libro.

Mi paranoia crecía a cada minuto, ya no me preocupaba por arreglarme la camisa ni los zapatos, poco a poco me iba más frecuentemente de la realidad, el profesor tuvo que abofetearme un par de veces para traer mis pies de nuevo a la tierra.

Decidimos visitar al padre Ferro, yo ya iba descalzo y cubriéndome con el abrigo y el pantalón de hacia ya tres días.

IV.-  Ferro, el implacable.

Los faroles aún no se apagaban afuera de la casa del padre Ferro, pero ya se alcanzaba a ver movimiento por entre las cortinas de los ventanales que daban a la calle Cantabria, tocamos la puerta tres veces, un hombre de mediana edad y de aspecto amable abrió, nos preguntó qué deseábamos, el profesor se adelantó a mi impulso de contestar, le dijo que teníamos algo que le pertenecía y que estaba seguro que no dejaría pasar, “…El Hexágonem Poema…”, le dijo, y el hombre dejo caer sobre el hombro del profesor su mano y lo jaló hacia adentro, dejándome entrar tras ellos y cerrando la puerta con mucho cuidado que nadie estuviese fuera.

-¿De dónde sacaron el libro? Hace años que el Padre Ferro lo espera con ansias, es necesario que se des hagan de sus consecuencias, espero que no lo hayan leído, pues sería una catástrofe para sus almas y su eternidad…

-No señor, perdone usted, pero es que lo hemos leído y no sólo eso, lo traduje al castellano para que mi discípulo aquí presente lo entendiera, le llegó a sus manos por casualidad, y pensando que era una novela audaz de esos autores que no se fijan en esas cosas de la iglesia y sus supercherías.

-¡Santo nombre de Dios, no saben con que se han metido! Ni siquiera la ayuda del padre Ferro podrá librarlos de lo que viene, ya le llamo, no se vayan por favor, es imperativo que se queden aquí hasta que el padre termine con ustedes…

Subió aprisa por las escaleras, hubo un silencio mortal en la casa que se interrumpió por algo metálico que golpeó la pared de una de las habitaciones, el padre Ferro bajó a toda prisa para vernos a la cara, examinó mis ojos y retrocedió asustado, vio al profesor  a sus ojos rojos y le dio una bofetada, el profesor cayó al suelo sobándose la mejilla, con el asombro en la cara y la sorpresa de haber sido golpeado.

-¿Con que objetivo abrieron el libro?, me dice mi sirviente que no sólo se han puesto a leerlo sino a traducirlo, a estas alturas lo único que puedo hacer es esperar a que venga lo inevitable, no debieron adelantarse a abrirlo sin antes consultarme, de cualquier manera esperaba que cayera en otras manos, ese libro es el motivo por el que me he refugiado en este país, la iglesia de mi tierra me busca por hereje, pero he de decirles que lejos de ofender a dios he puesto todo mi esfuerzo en combatir a las tinieblas y los ejércitos de los infiernos, mi vida la he dado toda para completar esa misión, ese libro es mi guía para lograrlo, lo espere por años hasta que un sacerdote amigo mío me lo envió del monasterio donde se encuentra…

El flaco sacerdote se sentó en una silla cerca de la chimenea, frotándose la frente y mirando el reloj, eran las seis y media de la mañana, faltaban doce horas para el ocaso, nos dispuso una recámara a cada uno y nos convidó de pan con jengibre y vino para comer, debíamos tener las energías repuestas para cuando viniera el momento.

Aun así yo no comprendía (incluso estaba escéptico) a como tal magnitud de maldición podía caer sólo sobre tres hombres, mi percepción de los poderes diabólicos era que abarcaban a todo el mundo, que si una puerta era abierta entrarían millares de demonios a nuestra tierra a atormentar a la humanidad entera, me parecía más una exageración del presbítero, creía hasta entonces que era imposible que los demonios se fijaran en tres simples y corrientes mortales haciéndole al investigador.

Cayeron las tres de la tarde en completo silencio, yo no salí de mi recamara, me mantuve sentado en la cama envuelto en una bata de lino que tomé del armario al salir del baño, puse mis ojos en un librero que estaba repleto de volúmenes de la biblia, textos de diferentes monjes, sacerdotes y obispos, libros y libros de cartas papales, juicios y sentencias de los inquisidores y uno que me llamo la atención, un volumen antiguo que trataba sobre la santísima iglesia y su poder sobre los pueblos, lleno de imágenes desgarradoras donde los verdugos ejecutaban a las víctimas, los colonizadores saqueando villas enteras llevándose no solo las riquezas sino esclavos para el trabajo y vírgenes para sus placeres, en eso estaba cuando me tocaron a la puerta, el profesor me avisa que ha llegado la hora de bajar y presenciar lo que parecía ser un ritual preparado para recibir el ocaso.

El Padre Ferro, vestido en sotana negra encapuchada, sostenía en la mano derecha un pedazo de madera vieja, decía era un trozo de la cruz santísima, en la izquierda, el libro de pastas aterciopeladas en sus páginas finales, un cirio en cada lado del altar improvisado y un frasco con agua bendita.

Al dar la sexta campanada el sol asomo los rayos rojos del ocaso, sentí de nuevo en mi nuca el soplido tenue y volví a escuchar las palabras mortuus in anima, pero esta vez puse resistencia al trance y dio resultado, seguí de pie frente a la puerta de entrada, detrás del padre Ferro y sus artilugios de defensa, sentí alivio al saberme en mis cabales y esboce una sonrisa al profesor, quien se mantenía con los ojos cerrados fuertemente, hasta ese día supe que también el profesor sentía miedo a lo oculto aunque lo negara rotundamente, de pronto las puertas de la entrada se abrieron con un azote de viento y polvo, el cuarto se llenó de niebla y alrededor de los cirios parecía que bailaban unos hombrecillos de largas piernas y puntiagudos dedos de las manos, riendo a carcajadas y escupiendo insultos al padre Ferro, quien a gritos les ordenaba a los seres de oscuridad volvieran a los infiernos, ante mis ojos se llevaba a cabo el desfile más horripilante que jamás haya visto mortal alguno y vivido para contarlo, pequeñas criaturas de los colores de la sangre se retorcían de risa y golpeaban las paredes, brincaban sobre los muebles y gritaban con sus voces ensordecedoras insultos horribles hacia lo sagrado, mis piernas temblaban y mis lágrimas corrían por mis mejillas, una criatura subió por mi pierna hasta mu cuello y halaba mis cabellos arrancándome dos o tres mechones, mi parálisis por el miedo me impedía defenderme, pero el padre Ferro los azotaba con el madero y se alejaban riéndose de nuevo para volver a atacar el altar.

Súbitamente el lugar quedó en silencio, los demonios se juntaron a los lados de la puerta de entrada, la niebla desapareció y junto con el portazo que selló la salida se apagaron los cirios, un olor fétido inundó el ambiente causándonos unas náuseas tremendas, mi estómago no soportó más y tuve que doblarme, arrodillarme y volver, de mi boca salía sangre y lombrices inmundas que se retorcían en el suelo y avanzaban velozmente a la puerta por donde venia caminando el ser más impresionante que mis ojos hayan visto hasta entonces, rodeado de moscas enormes y con el aroma de mil cadáveres caminaba una criatura enorme, sus patas casi humanas descarnadas retumbaban a cada paso que daba, sus manos eran del doble el tamaño de las garras del león y sus uñas tan largas que descarnarían a cualquier animal de un tajo, el torso erguido y una barriga enorme, colgaba hacia los lados, en su interior se dibujaban hacia fuera manos humanas queriendo salir, dejándose oír los lamentos de quienes habitaban tan asquerosa morada, su cuello era del ancho del cuello de un toro y su cabeza horripilante de cabra dejaba ver sus dientes pútridos y su lengua colgaba por un lado, el aliento apestaba el cuarto entero y sus cabellos caían a mechones enteros quemando el suelo que los tocaba.

Por el miedo que sentía estuve a punto de desmayarme, pero su enorme mano me detuvo la cabeza y me susurró que lo mejor apenas empezaba.

El Padre Ferro alzó el agua bendita, el trozo de cruz y le dijo con voz fuerte y firme:

-¡Regresa a tu lugar, a tu morada de tinieblas y de espanto!, ¡Este mundo y sus criaturas no son para ti, el poder que tengo en mi espíritu te ordena que dejes este plano, a sus criaturas,  a sus cielos y sus suelos, regresa por tu propio pie!

La criatura dejó de sonreír, vió el libro y reconoció el rostro del sacerdote, me soltó de su mano y me puso el pie en el torso, inmovilizándome.

-¿Cómo llegaste aquí viejo amigo? ¿Acaso mi padre te dió permiso de deambular mis dominios? ¿Acaso volviste al engaño y te encontraste un lugar en esta tierra? ¿No sabes que te hemos estado buscando desde que fue descubierto el poder de someternos?, no deberías estar jugando con fuerzas que no puedes controlar amigo mío, ¿Qué le has dicho a estos hombres? Seguramente les diste la esperanza de terminar con su sufrimiento.

-Sabía que vendrías a buscarme, me has perseguido siempre, y como siempre saldré de esto avante, no tengo nada que perder ya, mis posesiones se redujeron a unos cuantos puñados de tierra…

La bestia se sentó en el sillón, mirándome me dijo:

-Ese que tienes ahí es Ferro el Implacable, servidor de las tinieblas y maestro de seis legiones de demonios, protector de los secretos de los abismos y de los interiores de la tierra, perseguido por incontables enemigos de la oscuridad, no solo en esta tierra, los regidores de los planetas más lejanos le conocen por la destrucción de las almas que toca y los robos y saqueos que hace a los infiernos existentes en todo el universo…

El Padre Ferro dejo caer el frasco, la estaca y se descubrió la cara, sus ojos parecían carbones encendidos y su cabeza era rodeada por un aura del color del fuego, levantó su sotana para romperla en dos pedazos, tomó al profesor de la mano y le susurro al oído, el profesor cayó muerto y pude ver su alma entrar en el estomago de Ferro, levanto su mirada al demonio junto a mí y le dijo:

-Siempre he sido agradecido con quien me ayuda a escapar hermano, no tengo nada en contra tuya, al contrario, te ofrezco este pueblo que ya tenía en tinieblas para tu aposento, además a los que aquí habitan para hacer crecer tu ejército, te será fácil, son mas crédulos que en ningún otro lado, no tendrás problema en ponerlos a tus pies, pero al profesor me lo llevo yo, esta humanidad que habito requiere de su conocimiento para lo que viene después.

-El trato es justo, vete de estas tierras y llévate lo que quieras, menos a este trozo de pestilencia que tengo bajo mi pie, para él tengo planes por su intromisión.

El aire se puso más denso aún, el que había reconocido como el sirviente se puso en cuatro patas y vi como se convertía en una hiena de color negro que reía cada vez que me miraba, enorme, Ferro lo montó y salieron a galope por la puerta, apenas tocaron la luz y desaparecieron en la nada, el cuerpo del profesor ya se había agusanado y mostraba putrefacción.

Me levantó la bestia con una mano, mirándome a los ojos con sus ojos de res enferma me susurró al oído:

-Has visto y escuchado lo que nunca imaginaste, y por ello, cada vez que lo menciones mis demonios vendrán a atormentarte y aquel que te escuche será maldito de la misma manera, y si osares a escribirlo, todo quien lea esas palabras tendrá el mismo destino por la eternidad y lo esperare después del juicio.

Salió por la puerta junto con su séquito, no me pude poner de pie, quede dormido en un profundo sueño y desperté seis días después, cuando las autoridades fueron a recogerme luego que los vecinos se quejaran del mal olor de la casona, me llevaron preso por el asesinato del profesor y del Padre Ferro, quien fue encontrado descuartizado en el comedor junto con su sirviente que tenía una estaca atravesando su estomago.

Llevo ya aquí setenta y cinco años, cada día esperando a que sean las seis y media de la tarde para escuchar las risas y los insultos aterradores en el ocaso, esperando a que vengan los demonios a abofetearme la cara y arrancarme los cabellos y las uñas que al día siguiente vuelven a crecer.

Espero el juicio.

Autor: Joe Calavero.

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