Izquierda y derecha

Cuerda

IZQUIERDA, DERECHA, IZQUIERDA, DERECHA…

Ahora te encuentras sentada, con la cabeza gacha y posiblemente con los tobillos cruzados debajo del escritorio que tienes enfrente. Te duele la cabeza, ya has leído quince cuentos hoy. Esa promoción de “escribe un cuento de terror, máximo una cuartilla y llévate tres libros”, te esta poniendo muy nerviosa últimamente. No has podido dormir bien y como ahora, te ha provocado un pequeño pulsar en la sien izquierda que es realmente molesto. Te frotas la frente con la mano derecha y con la izquierda dejas sobre el escritorio la hoja del cuento que acabas de terminar de leer, donde al final matan a una mujer llenándole la boca de canicas y así asfixiándola. Esa maldita promoción de escribe un cuento.

Te frotas los ojos debajo de los lentes y descubres en el reloj que ya es hora de irse. Observas el tiradero que hay frente a ti. Hojas por todos lados de cuentos de ensangrentados y vampiros y no se que tanto mas. Ya estás harta de leer acerca de sustos y espantos. Suspiras profundo y el eco de tu respiración se implanta en toda la habitación y parte del pasillo. Abres los ojos y te pones alerta. El silencio te hace pensar que es tardísimo, pero apenas son las siete de la noche, bueno, una hora mas que tu salida normal. Hechas una maldición a los faxes y te levantas de la silla que lanza un rechinido de protesta, mañana llamaras a mantenimiento para que le den una aceitada, piensas mientras tomas de la silla tu saco color beige y te lo pones. Ha estado haciendo frió últimamente. Se acerca invierno. Se acerca navidad. Fin de año.

Vuelves la mirada hacia atrás para echar un ultimo vistazo a la oficina. Apagas las luces y sales, cierras con llave. Caminas unos cuantos pasos y te das cuenta de que todo esta en silencio y que los tacones de tus zapatos retumban como balas incrustándose en cuerpos que pronto caerán muertos. ¿Por qué piensas esas cosas? Son esos malditos cuentos, esa maldita promoción que te trae como loca. Caminas otros pasos. No haces caso a los taconazos que producen al chocar tus zapatos contra la baldosa del suelo. Te taladran la cabeza que aumenta ese pequeño punto de dolor en tu sien izquierda y que la hace latir. Te recuerda una escena de Freddy Cruger cuando mata a uno de los adolescentes haciendo que explote su cabeza y caiga al rededor de él la lluvia de carne y hueso ensangrentados, el cuerpo después deambula unos cuantos pasos sin cabeza y cae infestado de muerte y ,de una herida sanguinolenta que huele a putrefacción.

¡Ya basta! Te gritas en mente. Te detienes y te quitas los lentes. Abres tu bolso beige y tomas el estuche para estos y los guardas con sumo cuidado. Maldita promoción de escribe un cuento y te llevaras tres libros.

Detrás de ti se caen unos papeles y respingas en medio del silencio que se rompió por un instante. Vuelves la mirada rápidamente como esperando encontrar algo horroroso y por un momento, por un breve momento miras colgado de una cuerda a Rafael Moreno, el joven que se ahorco hace dos años. tu lo llegaste a ver balanceándose febrilmente. Tu te fijaste en su pecho que no jalaba aire, su cabeza estaba agachada y de su cuello emanaba un hilito pequeño de sangre. Pero aquella imagen del ahorcado se borra de tu mente tan rápida como vino. Las hojas están en el suelo regadas como por una ráfaga de aire. Titubeas en ir o no a levantarlas. Nunca te gusto la indiscreción y te reprochas a ti misma. No tuviste mucha indiscreción cuando bajaron a aquel joven de la cuerda y preguntaste en voz alta por que se había ahorcado y todo mundo te oyó y los paramédicos y policías te lanzaron una mirada acusadora. Tuviste que ser interrogada, al igual que todos los del edificio. Suicidio. Paso la palabra por tu mente igual que la imagen del balanceo macabro.

Niegas con la cabeza y decides no ir a levantar los papeles. Caminas mas de prisa y llegas hasta el elevador. Presionas el botón, esperan un momento y subes cuando las puertas se han abierto. Mientras el elevador lanza un zumbido razonas. No hay ventanas en las oficinas de arriba y el aire acondicionado estaba apagado. ¿Cómo cayeron las hojas?

El elevador abre las puertas y sales a la planta baja, justamente en la recepción. Los vigilantes no están. Te molestas un poco. Ya quieres irte, ya quieres refrescar tu cuerpo con una ducha y tendrás que esperar a que alguno de los vigilantes te abra la puerta. Mientras observas los monitores de vigilancia que pasan en forma consecutiva imágenes de los diferentes departamentos. Llega la imagen donde se encuentra tu oficina. Ahí esta., Rafael Moreno, balanceándose en una cuerda, izquierda derecha, izquierda derecha, izquierda derecha y abres los ojos como platos y cuando estas a punto de propinar un grito, alguien te toca el hombro por detrás y dice tu nombre, respingas y literalmente saltas de tu lugar y se te va la respiración. Das media vuelta rápidamente y no sabes si gritar o volver la vista hacia los monitores de vigilancia. Haces lo segundo, pero es demasiado tarde, la imagen a cambiado y ahora muestra el piso de mercadotecnia.

-¿Se siente bien Señorita?. Pregunta el vigilante de bigote. Tú asientes con la cabeza, sin poder hablar todavía. Pero él te lanza una mirada inquisitiva. Vuelves la mirada a los monitores y descubres con desagrado que ahí esta otra vez el hombre colgado de la cuerda. Muerto. Pero te acercas más a la imagen. No es un hombre, es una mujer, el pelo le cae sobre la cara. Pero la mujer en el monitor levanta la cabeza y eres tú, que se encuentra colgada, balanceándose, izquierda derecha, izquierda, derecha, izquierda derecha… Volteas la vista al vigilante, pero se ha ido, das dos pasos al frente y algo te impide respirar poco a poco. Piensas primero que es el miedo, el terror que te consume la garganta pero no: es una cuerda, que te aprieta el cuello lentamente y te alza del suelo. Quedas suspendida en el aire y te convulsionas en el aire para tratar de zafarte; “No”, gimes pero tu gemido no alcanza a cobrar la fuerza suficiente. Tratas con las manos de quitarte la cuerda invisible y tratas de voltear hacia todas direcciones como esperando ayuda, gritando con los ojos desorbitados y rojos. Te punza la sien izquierda como nunca. Giras un poco, solo un poco pero lo suficiente como para ver a tu asesino. Eres tú misma. Son tus zapatos beige y tu falda del mismo color. Te esta viendo sin ninguna expresión en su rostro. Después ya no puedes respirar por completo. Te queda solo un aliento de vida, solo un poco. Lo utilizas para decir otra vez “No”, como un gemido. Y escuchas claramente como el aliento pasa por tu garganta tibia y sale expulsado de tu boca. Después te quedas inmóvil. Viendo como estás tú colgada y muerta. Tomas tu bolsa y entras en elevador. Desapareces pensando en la maldita promoción de escribe un cuento y llévate tres libros.

Los vigilantes te encontraron balanceándote, izquierda, derecha, izquierda derecha, en la recepción. Y mientras uno de ellos iba por una escalera para bajarte y tal vez todavía salvarte la vida, otro llamó a la policía…

Autor: Hugo Dominguez Oaxaca.

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