La Bañera

Bañera

El hombre cerró con pestillo la puerta del espacioso cuarto de baño, dejando escapar un involuntario gruñido de satisfacción. Al fin podría descansar por unos instantes, escapar a las tensiones del día en la única habitación de la casa en la que no había teléfono. En realidad no podía quejarse. Prefería sufrir de el famoso estrés de ejecutivo que tener que preocuparse por llegar a fin de mes. Hoy mismo había tenido que desahuciar personalmente a un grupo de gitanos que vivía en un campamento en uno de sus solares, en el que planeaba construir un inmenso centro comercial. Y los gitanos habían intentado crearle problemas, en vez de cargar sus destartaladas furgonetas y largarse de un puta vez de su terreno.

Claro que este tipo de cosas sucedían de vez en cuando, sobre todo en el tipo de negocios al que él se dedicaba. Había contactado con dos personajes con los que solía tratar, gente seria, con apellidos italianos y armas americanas, que se encargaron de despachar a dos de los múltiples nietos del desarrapado anciano que estaba a cargo de aquella comuna de suciedad y pestilencia. El viejo pareció entonces atender a razones, y firmó de una vez el contrato que tantas veces se había negado a firmar, por una cantidad bastante inferior a la primera oferta. Sonrió al recordar la firma del viejo: una equis sobre el blanco del papel, las líneas del aspa deformadas por los temblores de la edad (¿cuántos años tendría? Aparentaba unos doscientos).

Recordaba haber dejado escapar un gruñido de satisfacción al ver el contrato firmado, y cómo el viejo le había dedicado una mirada demoledora de odio y furia contenida, mientras un par de tristes lágrimas se las arreglaban para resbalar por los innumerables surcos de su cara. Cuando él le fue a estrechar la mano (qué coño, él era un educado hombre de negocios, después de todo), el viejo murmuró una retahíla de palabras en romaní y le escupió a la cara. La repugnancia que le causó sentir en su rostro las calientes babas del anciano le hicieron perder los nervios, y le golpeó con fuerza en la boca. El viejo trastabilló y fue a dar con sus huesos contra el suelo, desde donde se le quedó mirando con los ojos inyectados en sangre.

Lentamente, se llevó las manos al destrozado labio y, recogiendo parte de la sangre que de él brotaba, empezó a canturrear en su idioma una tonada sin sentido pero con un extraño ritmo. Las ojos se le quedaron en blanco, y empezó a cantar cada vez más fuerte, mientras empezaba a agitar el saco de huesos que tenía por cuerpo. Decidiendo que ya tenía bastante por aquel día de folklore gitano, el hombre se dio la vuelta y volvió a su casa, con el contrato entre las manos. Pobre viejo. No debía haber soportado bien la muerte de sus nietos. En fin, los negocios son los negocios. Haberse atenido a razones cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

Saliendo un poco de su ensoñamiento, se acercó a la bañera, contemplándola orgulloso: una vasta extensión de baldosines azules y blancos, de dos metros de diámetro y casi uno de profundidad, el mejor “jacuzi” del mercado. Las baldosas formaban en el fondo un intrincado mosaico de figuras, decoradas con motivos de fondo marino. El hombre extrajo un puro del bolsillo del albornoz y lo encendió con parsimonia mientras se llenaba la bañera, alimentada por cuatro chorros de agua que brotaban de las paredes de la misma.

Dio un par de profundas caladas, cuyo humo formó un todo con el vapor que desprendía la bañera. También del albornoz, al parecer un saco si fondo, sacó un libro en edición de bolsillo en cuya portada podía observarse la desproporcionada cabeza de un tiburón con una boca enorme y llena de dientes. Estudió por unos instantes la contraportada, que aportaba cierta aburrida información acerca del autor, un tipo llamado Peter Benchley, y un torrente de líneas en caracteres grandes llenas de promesas sobre la truculencia del libro en cuestión.

Se desembarazó del albornoz, dejándolo caer al suelo, arrugado, y se sumergió en el agua con movimientos lentos. Soltó un suspiro de satisfacción al notar el contacto con la cálida y relajante caricia del agua caliente, sentándose en el reborde habilitado a tal efecto en el “jacuzi”. Se dispuso a comenzar a leer el libro, pero al echar una última mirada a la contraportada un rayo de asombro asomó a sus ojos: en vez de la fotografía del escritor le había parecido ver la cara del gitano, sonriéndole desafiante. Pero al instante se dio cuenta de que estaba en un error: el tal Peter seguía allí, impasible en su fotografía con su mejor cara de Ni-Shakespeare-escribiría-algo-así-de-bueno. Quizás fuese el calor. Manipulando el termostato que había detrás de su cabeza, redujo en un par de grados la temperatura del agua. Volvió a mirar la fotografía, pero nada le llamó está vez la atención. Satisfecho, abrió el libro por la primera página y se sumergió en un océano de sangre y terror submarino.

Dos horas después todavía seguía leyendo, enganchado por la historia. Sentía el cuerpo abotargado, y era distraídamente consciente de que las hojas empezaban a pegarse por culpa de la humedad, y de que el puro se había consumido hacía ya tiempo, la ceniza la mayoría flotando a su alrededor, pero no podía dejar de leer. Enfrascado como estaba, ni siquiera se dio cuenta cuando la enorme aleta caudal rompió silenciosa la superficie del agua, ni del pausado apresuramiento con que se dirigió hacia él. No se enteró de que había un tiburón en su bañera hasta que éste le atrapó entre sus dientes y le desgarró el cuerpo con un poderoso espasmo de los músculos de su mandíbula, sumergiéndose luego con el cadáver aun sin devorar en las profundidades.

El ama de llaves llevaba ya veinticinco años al servicio de aquel hombre, y conociéndole como le conocía le extrañó que estuviera tanto tiempo en el baño. Llamó a la puerta, y, al no obtener respuesta, acabó por forzar la puerta, asustada de que algo hubiera podido sucederle. Pero resultó que el baño estaba vacío. Preguntándose dónde podría estar aquel malhumorado hombre al que servía, recogió del suelo el albornoz y se dirigió a la habitación para llamar a la policía, apretando cuando salía del baño el botón que accionaba el mecanismo de desagüe del “jacuzi”. El agua se escapó con un tartamudeo gorgoteante a través de las tuberías revelando el fondo de la bañera, en el que tan sólo quedaron algún que otro rastro de ceniza de puro y el libro que había estado leyendo el hombre, hinchado y deforme por la acción del agua. Sobre la portada, el dibujo de la cabeza de un tiburón, se había formado una especie de grieta, como una cruz inclinada, casi como una equis temblorosa.

Al mismo tiempo, en la oscura parte de atrás de una sucia caravana en un campamento de gitanos, un viejo reía y reía a carcajadas.

Autor: Miguel Velasco.

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