Relexiones de un condenado

Condenado

Cuando alguien sabe con certeza, como yo mismo, que todos los sufrimientos y angustias de esta insulsa y trivial existencia material carecen de interés si se tienen en cuenta todos los ciclos de existencia Primigenia y eterna, sólo le queda esperar a que llegue su postrer día.

Llegar a estas conclusiones no es fácil, ni siquiera trabajando en ello se da normalmente con unas pistas que siempre, en principio, tienen una explicación racional. Pero yo, que en ningún momento busqué los horribles eslabones que me llevaron a lo que cualquier persona podría llamar locura, sé mucho, más de lo que quisiera, y no me suicido directamente porque quizá tras la muerte todo me sea revelado con mucha más claridad, y entonces haya algo de verdad en lo que cuentan ciertas religiones sobre un infierno eterno.

La investigación llevada a cabo por dos inocentes detectives españoles hace unos años reveló la existencia de un Ser, el Supremo Necromante, que se alimenta de las almas y cuerpos de sus acólitos. También otras personas, o fragmentos de ellas, han sido condenadas a una ignominiosa existencia eterna formando parte de la estructura viva y muerta a la vez de Tilonac.

Por desgracia, yo leí el relato que el pobre Felipe Carrión dejó escrito antes de su muerte, y fui a la casa del Ser, y lo vi, y me olió. Desde entonces mis miembros palidecen y mi tensión es cada día más baja. Mi sangre es ahora su sangre y pronto perderé la vida.

De la familia que desapareció en Fuenleón eligió los brazos, de los pobres detectives la mente. De mí parece que le ha gustado la sangre. Sólo me queda esperar a que mi corazón no tenga nada que bombear, y ojalá que no haya vida después de la muerte.

Autor: Antonio Jara de las Heras.

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